20 de junio de 2012

Ni hace falta que lo leas.

Hace un par de días, escribí muy vagamente que quería irme de viaje. Que me daba igual destino, compañía y horario.

Francamente, llevo pensando en ello desde hace un tiempo. Lo mejor que puedo hacer ahora mismo es poner tierra de por medio, porque tengo claro que las penas del alma son mucho más difíciles de sanar que las del cuerpo.
No escribo esto para que nadie me lea. De hecho, he llegado a un punto en el que escribo para anestesiar. Para librarme de cargas emocionales por las cuales no puedo contar con ayuda externa, básicamente porque nadie consigue dedicarme las palabras exactas que me ayuden a subsanar. Aunque desde pequeña me enseñaron a no ser desagradecida y, precisamente por eso, y a pesar de todo, agradezco todas las palabras de los seres queridos que me importan.

A lo largo de estos meses me he dado cuenta de que empiezo a tener mucha menos paciencia que hará no mucho. No sé si eso es bueno o malo, pero sé que me está pillando desprevenida y no sé cómo acabará. Por una parte, tengo que ser fuerte. Tengo que mostrar mi carácter para que nadie se me suba a las barbas. Sin embargo, por otra parte no quiero que ese carácter me vuelva a dominar. Porque sé que como lo haga, volveré a estar enferma de rabia. Y créanme que ya tuve bastante con estarlo una vez en mi vida.
Ahora que me doy cuenta, creo que precisamente por eso es por lo que me está costando tanto encontrar un equilibrio que me ayude a ser buena persona. Por miedo. Por miedo a volver a ser la de antes, a volver a dañar a mis seres queridos, y a volver a dañarme a mí misma. Pero por otro lado, ¿qué opciones me quedan? Soy demasiado joven, demasiado inexperta en este tema tan complicado que es la vida y necesito a algún faro de Alejandría que me diga que lo que estoy haciendo está bien, más que sea por una milésima de segundo.


Y lo necesito, porque siento que este sentimiento en ocasiones me puede. Porque esto que siento es tan masoquista, que a veces me pregunto si no me sentiré vacía una vez me libre de él. Es el mismo sentimiento masoquista que formó una vez parte de un pasado agridulce con un final digno de la película Casablanca. Y vuelve a ser el mismo sentimiento de un pasado -esta vez no tan lejano- con un final tan surrealista que ni siquiera a día de hoy puedo definirlo.

Aire nuevo. Aire puro. El mar. El sonido de la tranquilidad. Es lo que mi alma necesita. Mi faro de Alejandría.

1 comentario:

Darío dijo...

Es verdad, ninguna palabra te dará luz ni consuelo. SILENCIO!