20 de abril de 2012

Al son de Tchaikovsky y al compás de la elegancia.



Se dice que siempre hay una primera  vez para todo. El primer beso. El primer desengaño. La primera vez que te cabreas con alguien con tanta rabia que desearías partirle la cara o, por el contrario, la primera vez que te das cuenta de que al final de todo, tanta rabia no sirve de nada.

Ayer fue una primera vez muy especial. Tan dulce, elegante y emocionante que en los últimos 5 minutos las lágrimas de emoción salían solas, acabando en una sonrisa tan inesperada como revitalizadora.

Mi primer ballet. O mejor dicho, la primera vez que veo un ballet.

Nada más y nada menos que el Ballet de Moscú. Aquí, en Las Palmas. Representando el Lago de los Cisnes. Fue un recuerdo tan grato y un espectáculo tan maravilloso; tan lleno de vida que todas las emociones que tienes guardadas salen -quieras o no- a la luz con una facilidad pasmosa. Todo lo bello del mundo, lo apasionado del ser humano en un baile.

Y todas esas preocupaciones, todos esos enfados y frustraciones realmente desaparecen al son de Tchaikovsky y al compás de la elegancia, llenos de vida pura.

Sin duda, salí de allí pensando que el mundo necesita más ballet, y menos política.

1 comentario:

raúl dijo...

arte redentor, cúranos de todo mal!